sábado, 22 de diciembre de 2012

Novela -Adelanto-


¿Cuánto tiempo puede pasar hasta que uno lo olvida todo? ¿Cuánto tiempo puede pasar hasta que uno lo recuerda? ¿Es el tiempo que vivimos, igual al tiempo en el que soñamos? Parece mentira, pero la mente humana tiene un poder más sorprendente del que todos podemos imaginar. Es tan grande, que muchas veces, este mundo le queda pequeño. Entonces se toma la libertad de escaparse más allá. Más allá de los recuerdos, de los sueños, de los miedos y los amores. Es increíble todo el tiempo que lo tuve olvidado. Es increíble todo el tiempo que tarde en recordarlo. Es increíble todo el tiempo que paso, y creo no haber roto la promesa que le hice en secreto, en secreto incluso de mí. Porque ahora recuerdo la razón por la cual casi no llego a esa final tan importante para mí. Recuerdo exactamente el porqué de pasar esa tarde entera bajo la lluvia en la popular solo con el frió y el llanto. Recuerdo exactamente la razón por la cual vivía en esos días. Recuerdo la razón verdadera de porque ella hacia lo que hacía. De porque, yo a pesar de todo, seguía intentando.

(…)Y llego el momento. Las razones sobran. El mundo está de mi lado. Los sueños ahora exponen todo lo que escondían. Nunca me di cuenta, hasta ahora. Ahora que me veo haciendo el recorrido de hace veinte años. Ahora que voy a cruzarte para toda la eternidad. Y ahí voy, con la mirada firme en el horizonte. El paso sostenido con el movimiento de los brazos. Casi abortado del mundo real. Seguro, feliz y nervioso. Con miedo como la primera vez. Con toda mi ensalada de sentimientos revividos en el tiempo. Pero con la certeza de que ahora te voy a cantar todas. Ni una más, ni una menos. Todas. Y de que todas van a ser suficientes.

Mejor tarde que nunca, afirma la popular frase. Es exactamente así. Ahora son unos veinte años tarde. A pesar del tiempo, acá estoy, acá estas vos. El momento exacto en el que todo llego a su fin, definitivo, provisorio. En aquellos días, yo no hubiera tenido el valor para encararla. Es más, no lo tuve. Simplemente me decidí a ceder. A portarme como un cobarde. A decepcionarla. Ahora es todo igual a aquel momento. Un mes de julio bastante caluroso para la época. Ese color amarillo que da el sol al mediodía, especialmente a las doce y cuarenta del mediodía. El sonido del tren haciendo sonar los rieles y los durmientes. El bullicio de los adolescentes saliendo del colegio, de los colectivos y los coches. El polvo que se levantaba entonces en la calle de tierra. Los detalles vuelven a mí, me llueven de la memoria. La única diferencia, es que ahora tengo cuarenta años, y la vida me arrastro hasta acá. No tengo nada que perder. Solo tengo una misión que cumplir. El sueño comenzó a correr su ciclo definitivo, único y especial. Mientras ella se acercaba abriéndose paso entre toda la gente, sin querer ver, pero viendo. Yo me despegaba de la pared de la esquina y la cortaba al paso. Entonces:

-¿Por qué volviste? Vos sabes tan bien como yo, que esto es un sueño. Ahora son unos veinte años tarde para que las cosas funcionen. Esto es falso, es solo un producto de tus deseos. Y de los míos. Nada va a cambiar cuando despiertes.

Parecía como que yo no era el único ubicado en cierto tiempo y espacio. Ella me corto al paso. Con la madurez de una mujer vivida. Su hablar me paralizo. Yo sabía lo que estaba buscando. Pero no sabía, ni imaginaba que ella entraría de esa manera. Era ella definitivamente. Y ninguno de los dos estábamos en el tiempo que estábamos.

- Puede que así sea. Pero yo, volví, porque tengo una misión. Más allá de todos los años que nos fueron pasando por encima y mas allá de la vida misma. Decidí volver para esto, justo acá, en el preciso momento en el que la vida decidió separarnos. Para que cada uno cumpliera su misión. Porque necesitaba saber si vos, si vos con toda tu aura. Con todo lo que te envolvía, y todo lo que sentías. Y la bronca de saber que por más vida que nos tragara, vos estarías acá. Esperándome.
-Bueno sí, yo estoy acá esperándote. Como todos esos nefastos años de nuestra gloria. Y yo estoy acá, porque sabía, que vos, tan humilde y tonto como siempre, algún día volverías a buscarme. De una manera u otra.

En ese momento, afloje una sonrisa de triunfo. Aunque dude un momento. ¿Me había esperado de verdad? ¿O solo me seguía la corriente? De todas maneras ya estaba jugado.  Baje la cabeza lo suficiente como para que pudiera ver la lágrima que pedía permiso para correr por mi mejilla.

-Lo que pasa es que… Continúo ella

Se formo un silencio absoluto a nuestro alrededor. Yo la miraba y me sonreía mientras ella se confesaba. Tantos años esperando por oírlo de sus labios, y ahora, como si tuviera dieciséis años, me pierdo en su mirada. Y no logro prestarle atención por completo.

 Y me dijo todo. Es increíble el poder de sus sentimientos. Tantos años guardándolos. Como desde un principio. Tantos años torturándome  Solo que ahora decidió escupirme todo, con esa rabia digna de la mujer perfecta. En ese momento mi misión había llegado a su fin.

-  Gracias. – Le dije.

- ¿Gracias? ¿Por qué?- Retruco ella.

- Porque, ahora se, que todos esos años los viví y los sufrí por una sola causa. Porque cuando despierte, nada va a cambiar, allá estas vos, y acá yo. Como el mundo nos programo y nos definió. Pero ahora todo cierra. Que me amaste tanto, que me dejaste ir. Y que yo te ame tanto, que no podía contra tus deseos. Y que todo ese amor que teníamos, es esto. Es nuestro presente perfecto. Vos por tu lado, y yo por el mío. Pero, nuestro amor acá. En el tiempo justo y perfecto. En el cual necesitábamos algo. Necesitábamos hacernos felices. Sin importar el precio. Porque el poder de la mente es grande. Pero el poder de tus deseos, es más grande aun.
Por eso volví, porque necesitaba cumplir tus deseos. Más allá del tiempo. Más allá de este sueño, necesitaba saber que vos estarías ahí, para hacerme feliz. Que vos, lo sabías tan bien como yo. Necesitaba volver al punto exacto en el que dejamos de ser infelices. Para decirte que me hiciste feliz, y para probar que vos también lo sos.

Ella me miro, pero fue más que eso. En sus ojos corrían una furia silenciosa. Un temor paralizante. Vi en sus ojos la bronca que me tenía. La bronca de saber que solo yo, y nadie más que yo la podía entender y amar de esa brutal forma. Me tomo la mano y me hizo cruzar la calle, nunca el corazón me latió tan fuerte. Sentí como si quisiera saltar de mi boca a sus brazos.

Llegamos a la otra vereda, esa que algunas ves supo tener un kiosco con una persiana verde y un toldo. Me miro con su rostro joven, hermoso. Esos labios suaves y delicados. La profundidad de su mirada casi me ahoga en un llanto de felicidad. Incluso el sol que le pegaba de costado, dándole esa sombra que la hacía perfecta. Y me dijo:

 -“Soy feliz, gracias a vos. Esto es solo un sueño, tu sueño. Pero créeme, yo también lo siento tan real como vos. Al parecer mis deseos no eran tan fuertes como los tuyos. Ahora, despertate.”

 El suelo comenzó a temblar, el cielo se pasaba de un azul brillante de primavera a un gris de invierno asesino. El ruido que me obligo a taparme los oídos, de repente se volvió silencio. La vi sonreírme y darse vuelta. El mundo entero se reducía a su paso, a su adiós definitivo, pero hermosos. La vida, la eternidad, los sueños y la memoria volviendo al punto justo de donde las cosas nunca debieron haberse movido. Enterrándome para siempre en ese sueño, en el sueño cumplido. En saber que no todo fue en vano. Entiendo la mente y los deseos, y los sueños y todo lo acontecido durante estos veinte años.
Cuando abrí los ojos, la vi a Noelia, con su sonrisa brillante, opacando la luz que se filtraba por la persiana. Le agradecí a dios por ponerla a mi lado. Y la rutina comienza su ciclo otra vez. Solo que ahora, yo podía entender todo. Entender mis razones. Entender sus razones. Y podía solamente dedicarme a vivir. No como un profesor o un esposo atado a la rutina. Sino como un hombre libre. Un hombre que cumplió sus sueños, y que logro amarla y dejarla ir.  

-Decir que ahora, después de ese sueño, la volví a encontrar, ya es mucho. Porque parece que todo sale redondo. Aparte es muy difícil de creer. Si no la cruce nunca en vente años, ¿por qué ahora? justo después de esto. Es mucho hasta para mí. Es mucho decir que en sus ojos vi eso, eso tan hermoso que tenía en el sueño. Ese brillo, esa pureza. La verdad que sí, es mucho. Pero después de tanto dar vueltas con mi cabeza, comienzo a dudar. De que haya sido un sueño. Tal vez ni ella ni yo existimos nunca. Y somos solo dos personajes inventados por alguien. Vaya uno a saber. O, tal vez todo fue más real de lo que yo nunca soñé.

Monologo interior sobre la vida y la existencia




Supongamos que uno se queda despierto, en esas largas noches. En las que se queda pensando en todo lo que puede uno pensar. En absolutamente todo. En las cosas buenas y malas de la vida. En el amor. En el futuro. En el pasado. La vida, la muerte. Y llega al punto de que se ríe de la filosofía. Uno comienza a buscar respuestas a esas preguntas que nunca antes hubiera respondido. Comienza a preguntar sobre sus miedos. Lo que es peor, lo que da más miedo, es que encuentra esas respuestas. Dentro de si mismo. Donde estuvieron siempre. Sobre las cosas que uno hizo. Sobre las que puede llegar a hacer. Si lo que hizo estuvo bien, si estuvo mal. ¿Por qué lo hizo? Porque el rumbo de la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Porque las cosas son así. El tiempo es nuestro peor enemigo. Un año es muy poco tiempo. Un segundo es demasiado. Porque así como empezó, puede terminar. Pero eso, depende más de uno mismo que del destino.


Porque cuando uno entiende eso, entiende todo lo demás. Por lo menos así lo pienso yo. Ya que creo que mi filosofía de vida es muy pobre y estúpida. Pero a mi me sirve para levantarme cada día. Para intentar llegar a la noche. Para que me acueste y me duerma tranquilo. Tal vez, sienta un poco de remordimiento. Porque por mas que uno lo quiera, no puede con todo. Siempre tiene que sacrificar algo. Pero de eso se trata. Uno no puede andar por la vida arrepintiéndose. No puede andar tirado en los rincones pensado en lo que hizo mal. No puede. Al menos si quiere ser un persona correcta. Por la simple razón de que uno debe aprender de sus errores. Porque ellos te lastiman. Y después te sanan. Los errores no te hacen crecer. Te hacen entender una cosa. Tres en realidad. Primero, uno se la tiene que aguantar. Tiene que aguantar todo lo malo. Tiene que saber bajar la cabeza. Y eso implica no rendirse nunca. Por más imposible que parezca. Uno no puede aflojar. Tiene que aguantar hasta el final. Aunque ya no puedas más.


Segundo, tiene que aprender a vivir sin arrepentirse. Porque no hay mal que por bien no venga. Créanme, cuando la vida te cierra una puerta, te abre otra. Tercero y último, lo que no mata, te fortalece.


Tal ves parezca algo contradictorio, pero veo las cosas de distintas formas. Tal ves por un lado critico, y por otro le tiro rosas. Pero esto me sirve para entender la existencia. Porque si me pongo a pensar, mi destino no esta escrito. El de nadie. Que nos haya pasado algo malo, son solo cosas de ese enemigo que se llama destino. Porque nosotros escribimos el nuestro. En el día a día. No somos juguetes del destino ni de nadie más. Luchamos nuestras propias peleas.


Sin saber que nos podría pasar si ganamos o si perdemos. Pero lo hacemos porque debemos. Porque si quisiera me daría por vencido. Pero con eso no vamos a llegar a ningún lado. Por eso, simplemente por eso, uno no puede darse por vencido. Tenemos que salir y enfrentar al destino. Decirle cara a cara, yo existo. Yo puedo cambiarte. No me vas a mortificar por las cosas que me pasaron. Si caigo, me levanto. Y me niego totalmente a perder. Porque si rindiera, seria como que nunca escribiera mi destino. Lo dejaría inconcluso.


Vive, existe. Disfruta todo lo que puedas. Porque la vida es hermosa. Y las cosas malas son solo eso, cosas malas. Son solo un trago amargo. Las cosas buenas, de la que la vida esta llena, vivirán para siempre. Dentro nuestro. Muy dentro nuestro. Ahí, en los rincones mas profundos de nuestras almas. Ayudándonos a enfrentar nuestro destino.

Un amor de sacrificio


Ya esta, ya estoy convencido. Las cosas que empiezan como un juego, terminan siendo algo grande. Ya sean un equipo de futbol, un cuento o una mina que conoces por casualidad. Lo que fuese. Podríamos decir que esta no es otra historia de amor, podríamos decir que es más que eso. Es una historia de cómo un chico, bueno, un desastre de chico, va creciendo, avanzando. A veces poco, pero siempre tratando de avanzar. Porque la vida una ves le abrió una puerta. Y no podría haberla dejado pasar. La historia de cómo un vago hincha de morón, conquista a una princesa. Algo que por cierto, no le fue fácil. Para nada.
Todo empezó una madrugada de miércoles, por mediados de octubre. El se levantaba tipo seis de la mañana. Para ir a buscar algo, su sueño. El de poder defender la camiseta que tanto amaba. Ella, seguramente se estaba levantando para ir a la escuela. El sabia que ese día, seria fundamental. Pero algo, un presentimiento, le decía que no era por lo que esperaba. El partido que tendría que jugar, no seria precisamente en una cancha de futbol. La mañana y parte del mediodía transcurrió  normalmente. Pero no como el esperaba. La vuelta no fue la deseada. Lastimado, cansado, con un ojo morado. Con las manos vacías.  Pero cuando la vida te cierra una puerta, abre otra. ¿Quién podría imaginar que no poder concretar su sueño cambiaría de modo positivo su vida?. Por hacerle caso a un amigo de ir al gimnasio. El encontraría a alguien. Que sin saberlo, a futuro, seria lo mas importante que tendría. Lo más hermoso que le pasaría. La que lo cambiaría para siempre.
Las cosas que empiezan como un juego, terminan siendo algo grande. Seamos sinceros, el la busco al principio, porque la quería para un momento. Por suerte, el siempre tubo una especia de habilidad. Una especie de don. Una especia de maldición. Que le permitía ver mas halla. Que le permitía entender lo complicado. Que le permitía ver lo que otros no vieron, lo que solo el podía ver. El tiempo siguió corriendo y esto se fue haciendo mas profundo. Se fue agudizando. Perfil bajo y más laburo. Porque el, para ella, prácticamente no existía. Era uno más del montón. Entonces llego un momento. El momento en el que el presentimiento de ver mas de lo que se podía ver más en ella, fue muy pesado. Y se quiso hacer escuchar. Ese día, cuando ella dijo por primera ves “te quiero”. El comenzó a existir en su tan perfecto y hermosos mundo. Fue el momento clave. El primer paso estaba dado. Y ambos lo dieron prácticamente al mismo tiempo. Ahora era cuestión de ver como se darían las cosas. No seria tan así. Las cosas no pasarían solas. Habría que buscarlas. Y no seria fácil. Ya que seria el mas difícil de todos los partidos. Lejos, muy lejos.



Retomemos de donde nos habíamos quedado. El primer te quiero. Fue muy lindo. Pero traería ciertas complicaciones. Ya que no era el mismo te quiero que el sentía al que ella sentía. O por lo menos eso creía. La cosa fue que para ese entonces, el ya había “sumado muchos puntos”. Sin saber como lo había hecho. Lo único de que estaba seguro, era de solo fue si mismo. Se mostró como era. Un desastre. Un vago hincha de morón. Degustante de música fuerte y quilombera. Mal hablado y entupido.  Pero siempre escuchando y respetándola. Pero sobre todo, queriéndola cada día un poco más. Ella, una princesa. Simplemente una princesa. Dulce, inteligente, hermosa. Perfecta, increíblemente hermosa. ¿ Ya les dije que era hermosa?. Una hermosa chica, alta, de pelo negro arrulado. De un caminar deslumbrante. Un cuerpo que te invita al pecado, dios mío. Y unos ojos marrones, unos profundos ojos marrones. Que te inducen una mirada que te hace temblar las piernas. Y que el corazón te latiera a una velocidad sobrehumana.
Pero como dije antes. Las cosas no serian fáciles. Y por las boludeces que el hacia, seguro que fue por eso, ella comenzó a dudar. Ante su duda, el se veía frustrado, asustado e inseguro. Pero el ya estaba convencido. Seria ella lo que lo salvaría. La que lo haría crecer. Era ella la razón por la cual estaba jugando este partido. Y a esa altura no podía ser el él que se rajara. Para peor, no era el único que estaba peliando. Tal vez fue él que mejor hizo las cosas. Pero a ella, unos cuantos se la marcaban de cerca. Para colmo, su pasado a ella la condenaba. Lo único que le faltaba. Ella tiene un “Némesis”. Para hacerle todo más fácil. Graciosa y puta ironía. Pero la decisión ya estaba tomada. Debería seguir laburando. Cada vez más duro, más complejo, más profundo. No había tiempo para perder. Mucho menos tiempo que perder en si mismo. Lo que importante acá, era ella.
Tal vez siempre supo que ella no estaba preparada. Porque a esa altura del partido, el ya estaba convencido de que fue diferente a los demás. Y creía que eso a ella la asustaba. Y fue lo que paso entonces. Una frase. Que estaba prohibida. Y que bien sabía que todavía no se podía decir. El sentimiento fue más fuerte. Se dejo llevar por el hermoso sueño que estaba viviendo. La voz de ella, el momento, la presión, el miedo, la frustración, la tristeza. Cuando se dio cuanta de que ella no sentía lo mismo. Que todo eso fue nada más que un simple juego. ¿Corazón para que te quiero? Si lo único que haces es doler. La noche paso lenta, fría y solitaria. Reprochándose a si mismo que había cometido un error. Preguntado donde estaban sus lágrimas. Parado en el medio de una pelea entre su corazón y su mente. Sin poder dar crédito a lo que le pasaba. Sin poder creer, pero creyendo. De que todo eso, era suplemente amor. Ahora mucho menos podía rendirse. Perfil bajo y más laburo. Fue un golpe, nada más. Lo que no mata, fortalece.

Ahora aparte de quererla, la necesitaba. Y se dispuso a seguir jugando. Porque esto todavía no termino. No, todavía el no puso todo en la cancha. Y no queda otra que seguir remando. Porque cada día, cada día era muy largo sin ella. Porque cada día el se convencía mas. Porque cada día el se sentía mas cerca, y al mismo tiempo mas lejos. Porque cada día, la quería un poco mas. Siguió peleando, ella se disponía a dejarse jugar. El tiempo seguía corriendo. Las cosas se hacían cada vez mas claras. Al mismo tiempo mas complicadas. El “te quiero” fue entonces un “te quiero mucho”. Después un “te quiero mucho mucho”. El fue un ingenuo por creer. Un fenómeno por lograr que ella sintiera y expresara eso. Ese sentimiento dentro de el se hacia más grande. Más fuerte.  Poco a poco se fue apoderando de su mente. De su corazón y su alma. Nada más le importa. Nada más que poder tenerla. Para cuidarla, para entregarle todo. Todo lo que tenía y más. Para respetarla, para quererla mucho. Muchísimo.  Como nadie nunca nadie la había querido. Ella poco a poco fue aceptando esa idea. Pero el sentimiento es más fuerte que la carne. Un error, un mal entendido. Por culpa de lo que el sentía. Y el miedo que le empezó a sentir de a poco. Lo hizo cometer un error. Y por eso, el recibió un golpe. El que más le dolió de todos los que ella le dio. Y esa noche, todo se torno negro. Era otra noche como aquella. Otro error,  que esta vez fue muy grabe. Y el lo entendió así. Y comprendió que la había perdido.
Todo el trabajo, todo el sacrificio. Los sentimientos, el amor que alguna vez existió entre ellos dos. Los infinitos te quiero mucho, todo su mundo reducido a la nada. A quedarse con las manos vacías, con el alma vacía. El increíble espacio que ella ocupaba se había convertido en nada. El mirar el techo con los ojos llenos de lágrimas, pero sin llorar. El sentirse impotente, lastimado. El buscar dentro de si mismo una explicación a lo que su corazón ni su lógica podían explicar. La mortal sensación de ver como todo se caía. De ver como ella se marchaba y el no poder hacer nada.
Por primera vez, el había comprendido lo que era extrañar a una mujer. Ahora ya sin motivo era hora de sentarse a pensar en una manera de recuperarla. Pero todo se veía difícil. Las ideas no salían como debían hacerlo. No había valor para llamar, porque tal ves, oír su voz fuera el punto de quiebre. O tal vez ella nunca contestaría esa llamada. Para peor, un pequeño problema que complicaría mas las cosas. Lo único que le faltaba era que su pasado, su “Némesis” estuviese ahí para complicar todo. Pero el reacciono con firmeza. Con seguridad de si mismo. Y ese fue el motivo. Lo que lo impulso. Lo que le dio fuerza otra vez. Porque las casualidades siempre fueron una opción entre ellos dos. Y fue cuando la excusa de necesitar una ayuda volvió a poner las cosas en su lugar. Como nunca debieron dejar de estar. Por fin el la había recuperado. Después de varios días de sentirse como la peor basura. Y que mejor premio que escuchar un “te extrañe mucho” por parte de ella.
De su dulce voz. Esa voz que siempre lo lleno de paz, de tranquilidad. Eso que algunos llaman “felicidad”.
Un problema solucionado. Ahora solamente quedaba seguir jugando.¿ Y quien me puede decir algo mas lindo  que jugar en la lluvia?. Esto lo entenderá solamente ella. Porque ese día fue calve. Porque ese fue el día en el que el te quiero tomo un rumbo diferente. Comenzó a significar mucho más. Pero, siempre hay un pero, las cosas parecen que mientras más se aclaraban mas se complicaban. A esa altura el ya lo veía imposible. Pero sabía que había llegado muy lejos para rendirse. Y por mas que intentara no podría rendirse. Pero de nuevo algún que otro golpe por parte de ella lo debilitarían cada vez mas. Para colmo la presencia de su Némesis complicaba todo demasiado. Fue cuando decidió tomarse un tiempo. Para enfrentar a sus demonios. Organizar sus ideas y sentimientos. Y tomar una decisión.
Primero, lo primero. Enfrentar sus miedos. Segundo, organizar sus sentimientos. Y tercero, rezar para que ocurriera un milagro. Pero el nunca fue uno de los favoritos de dios. Así que todo dependería de si mismo. Porque ella no lo ayudaría, aunque de cierto modo si lo hizo. Por segunda vez, la casualidad los decidió a los 2 al mismo tiempo.
“Yo se que vos querías un tiempo para pensar, pero yo ya se lo que quiero, llámame”. En ese momento fue cuando todo se aclaro por fin. La única razón por la que el debía seguir peleando era ella. Porque la quiere mucho. Porque la necesita al punto extremo de que sin ella se siente vacío. De que todo lo que entendía era que ella era su todo. Y que como el la amaba, nadie lo haría. Y eso fue más que suficiente. Para que ella lo llevara a su hermoso cielo. Para que el sea el hombre más feliz del mundo. Para que todo sea perfecto. Para que los dos dieran el próximo pasó. Ese que el una vez dio en falso. Ese que ella no se animaba a dar. Porque ahora era todo tan limpio y tan hermoso. Que no tenían nada que perder. Que el partido había terminado. Y ambos habían ganado. Y entonces fue cuando el “te amo” se dejo escuchar. Se dejo de hacer rogar. Y transporto a los dos hacia su propio cielo. Donde eran solamente ello dos. Ellos dos, nadie más. Ellos dos, para cuidarse. Para hacer funcionar al amor. Para que el mundo, el universo les quede pequeño. Para que el sepa que el esfuerzo valió la pena. Para que ella entienda y se deje amar. Pero sobre todo, muy por sobre todo, para amarse sin ninguna restricción.


Cachi moreno.
10 de mayo de 2010. Para Sabrina Villarreal. (Te amo!)

El quinto latido


Recuerdo a mi madre entrando y pateando la puerta. Recuerdo como el panorama de mi habitación se nublaba y sacudía. A mi padre levantándome del piso. Luego los recuerdos concluyen. En el momento en que abrí los ojos. Lo único que no recordé bien fue porque termine en el hospital ese día. No creo que mi problema fuera en la cabeza. De hecho, no recuerdo bien ese día por el golpe contra el piso. Pero definitiva mente mi problema no era la cabeza. Mi problema lo tenía en un sitio más vital. En el corazón. Pero dejando de lado mi enfermedad, el problema era otro. También en el corazón. Era un amor raro que yo sentía.
Era un septiembre, un hermoso día. Cuando jugando a la pelota con amigos tuve una oportunidad única. En un partido contra un equipo de otro barrio, ataje todo. Un tipo de esos que se paran a ver los partidos, me vio. Me llamo ni bien termino el encuentro.
Me dijo que era amigo de un miembro de la comisión directiva de un club y que andaban buscando un arquero joven. Que quería hablar con mi viejo para ver si me podían probar. Para hacerlo mejor era el club del cual yo era hincha. Mi viejo no dudo.
Yo tenía unos doce años. Arranque en infantiles. Imagínense: doce años, jugando en el club del que era hincha y tanto amaba, que me lleven porque creían que era bueno. Es el sueño de todo pibe. A esa edad, y con todo eso, el mundo te llega a quedar muy chico. Fui a la prueba. Y me costo mucho. Yo era un pibe de atajar en la calle de tierra. Con los vidrios, las piedras y todo eso. no estaba acostumbrado a jugar en una cancha de verdad. Y mucho menos en un arco de verdad, que no era de dos ladrillos. Me costo una locura. Pero de a poco me fui adaptando a ese cambio. Y fui adquiriendo habilidades que me ponían un paso delante de los otros. Llegue a ser una especie de “niño mimado” en el equipo. La única que no estaba feliz era mi mama. Y tenía razón. Lo doctores ni ella aprobaban que yo jugara al futbol. Por mi problema en el corazón.
Pero el problema desapareció cuando llegue a la edad de siete años. Incluso pase la revisión medica del club a los quince, cuando me pasaron a cancha de once. Parecía que el problema se había perdido en la nebulosa del tiempo. Creo recordar que hasta los 9 años me sentía mal cuando hacia gimnasia en el colegio. Pero no me impedía correr ni respirar.
Cuando empecé a practicar en cancha grande las cosas empezaron a cambiar. Ya tenía quince años. Y empezaba a practicar con las reservas. Era todo mas duro. Levantarse temprano. Correr mucho más. Jugadores totalmente diferentes. Era un entrenamiento profesional. Era lo mejor. ¿Que mas podía pedir? Futbol casi todos los días de la semana, y los fin de de semanas el torneo. Y cuando el equipo profesional jugaba, nos llevaban de alcanza pelotas. A mi, me encantaba. Porque podía ver el partido desde adentro, no pagaba entrada, y veía la hinchada y me moría de felicidad. Cuando llegaba a mi casa y me dormía soñaba con algún día poder estar defendiendo la gloriosa roja y blanca. Lo mejor, era que no faltaba mucho para eso. Cuando cumplí dieciocho comencé a entrenar con el plantel de primera. Hasta ahí ya estaba hecho. Estaba realizando mi sueño.
Mi equipo estaba en la segunda categoría. Yo siempre de pibe iba  a la cancha con mi viejo. Y nunca tuve la suerte de verlo campeón. En mi humilde opinión, el ser de un “equipo chico” te hace más hincha y más apasionado que si fueras de River o de Boca. Porque uno al ver a esos equipos, que viajan en primera clase, que los jugadores cobran toda la guita, y que llegan a la final de copas internacionales etc., para mi no es pasión. Creo que esos hinchas la pasión la vivieron hace mucho y que ya no es lo mismo.


El hincha de un club chico, sueña con el ascenso. Ve que los jugadores no cobran ni dos pesos, que viajan como monos, y que se matan en la cancha. Dejan todo en cada pelota. Que refleja lo que el hincha quiere. Eso es pasión, amor. Y de a poco esa enfermedad fue creciendo dentro de mí. Ese amor. Yo no quería ver a mi equipo firmando contratos millonarios. Yo solo lo quería ver en primera, jugando contra los “equipos grandes”. A la hinchada copando esos estadios.
Gracias a dios, tuve la suerte de vivir eso, ese sueño, desde adentro. Desde el verde campo de sueños. En una campaña inolvidable, mi equipo llego a final de campeonato a punto de la soñada gloria. Teníamos que ganar si o si. Preferentemente, hubiera estado del otro lado, en la tribuna. Pero me toco vivirlo así. Antes de pasar al relato de esa trágica tarde de sábado, vamos a volver unas semanas atrás. Tres para ser exacto. Tres semanas antes de ese día, el arquero titular se lesiono. Ahí fue cuando yo entre en acción. En el primer partido que me toco defender el arco, fui figura. Lo mismo en el segundo. Pero quiso el destino, que en la última fecha, nos tocara contra los muchachos de allá. Nuestro clásico. Ese día por la mañana, el sábado comenzó a pleno. En la concentración los hinchas hicieron banderaso y corearon mi nombre. Yo no podía parar de llorar. Y les gritaba que gracias y que los vamos a sacar campeones.
El DT me decía que me calme. Entre risas y abrazos.
A las 3 cuando salimos a reconocer el campo y a calentar, veía como de a poco la tribuna se llenaba. Desde la platea escuche el grito de una voz conocida. Era mi viejo. Que me decía que estuviera tranquilo y que deje todo como lo venia haciendo. Que era un partido difícil pero que podíamos ganar. El tiempo termino. Nos dirigimos al vestuario. Bajo una cálida y hermosa cortina de aplausos. Cuando nos cambiamos y recibimos la charla técnica salimos al campo. Nunca pensé que desde  adentro se viera tan hermoso. Las veinte mil personas gritando, saltando el armagedon de papelitos, las banderas sacudidas al viento del destino y el grito de la hinchada que te va envolviendo. Desde que levante de la cabeza y vi a la gente no pare de llorar. Era algo hermoso, único, inigualable. Amor en estado puro. Mi enfermo corazón latiendo al ritmo de los bombos. Durante unos segundos mis sentidos se agudizaron. Sentí los comentarios de la radio, las voces de los ancianos en la platea, a los técnicos de ambos equipos. Las persignaciones de los hinchas. Hasta que sonó el silbato del árbitro.
El mundo se había reducido a eso. El partido, la pasión, las ganas de dar la vuelta olímpica que nos dejara en primera. Es sorprende como la vida se te escapa cuando pasan cosas grandes y épicas. El primer tiempo paso volando casi ni lo puedo recordar.
El partido estaba empatado en cero. Se ponía, se jugaba al nivel de lo que representaba. Un clásico definiendo un campeonato. En un corner para ellos, recibí un pelotazo que me acondicionaría. El nueve de ellos le dio una volea a la pelota que se desarmo en mi pecho. Sentí como mi corazón empezó a fallar. En ese momento entendí a mi madre y a su miedo. Sentía como cada pelota que atajaba me desvanecía de a poco.
A eso de los treinta y cinco minutos, gol nuestro. Pude sentir como la cancha se sacudía, como la hinchada se venia abajo, me colgué de alambre y grite de cara a la cancha. Como lo hacia la gente de la tribuna. Las lágrimas, me corrían por la cara. Veía también como la de los hinchas hacían lo mismo. Lloraba descontrolado, abrazaba a los defensores, cantaba con la hinchada. Me estaba muriendo feliz.
En lo que concierne al futbol, ellos se venían cono todo. Teníamos que resistir. Seguro que todo los que les gusta el futbol lo notaron. Cuando vas ganando, el tiempo es de plomo y no corre. Se Vivían los cuarenta y tantos del segundo tiempo. Yo sabia, pero en ese momento no era mi prioridad. Yo no podía fallarles a todos ellos. Habían llenado la cancha. Venían a vernos campeones. Y era el, su nueve, y yo. La gloria o el fracaso. No le permitiría que nos arruine todo el trabajo. Aunque tuviera que dar la vida.

Mano a mano. El delantero se vino con toda. Llegue a tiempo para trabarlo. Pero en el momento que remato, lo hizo con tanta violencia que me arranco la vida. Sentí el balón, la pierna, los tapones, todo en mi pecho. Desde ese momento en adelante, sentí y pude contar 4 latidos de mi corazón agonizante. La pelota queda larga, el tenia la ventaja ya que estaba de pie. En el primer latido, me levante del piso. En el segundo, corrí hacia la pelota. En el tercero, levante la cabeza por un segundo, entonces observe a nuestra hinchada. Paralizada. Expectante. Esperando que pase un milagro. En el cuarto, sentí la pelota en la punta de mis guantes, y pude verla como se marchaba lenta por el fondo de la cancha. En el quinto y último latido. Escuche los gritos de felicidad, de campeones. Escuche el silbato final del árbitro. La explosión de la tribuna, vi a mis compañeros acercarse. Volví a ver a mi padre levantándome del piso. Como aquella noche. Y mi corazón se detuvo.