sábado, 22 de diciembre de 2012

El quinto latido


Recuerdo a mi madre entrando y pateando la puerta. Recuerdo como el panorama de mi habitación se nublaba y sacudía. A mi padre levantándome del piso. Luego los recuerdos concluyen. En el momento en que abrí los ojos. Lo único que no recordé bien fue porque termine en el hospital ese día. No creo que mi problema fuera en la cabeza. De hecho, no recuerdo bien ese día por el golpe contra el piso. Pero definitiva mente mi problema no era la cabeza. Mi problema lo tenía en un sitio más vital. En el corazón. Pero dejando de lado mi enfermedad, el problema era otro. También en el corazón. Era un amor raro que yo sentía.
Era un septiembre, un hermoso día. Cuando jugando a la pelota con amigos tuve una oportunidad única. En un partido contra un equipo de otro barrio, ataje todo. Un tipo de esos que se paran a ver los partidos, me vio. Me llamo ni bien termino el encuentro.
Me dijo que era amigo de un miembro de la comisión directiva de un club y que andaban buscando un arquero joven. Que quería hablar con mi viejo para ver si me podían probar. Para hacerlo mejor era el club del cual yo era hincha. Mi viejo no dudo.
Yo tenía unos doce años. Arranque en infantiles. Imagínense: doce años, jugando en el club del que era hincha y tanto amaba, que me lleven porque creían que era bueno. Es el sueño de todo pibe. A esa edad, y con todo eso, el mundo te llega a quedar muy chico. Fui a la prueba. Y me costo mucho. Yo era un pibe de atajar en la calle de tierra. Con los vidrios, las piedras y todo eso. no estaba acostumbrado a jugar en una cancha de verdad. Y mucho menos en un arco de verdad, que no era de dos ladrillos. Me costo una locura. Pero de a poco me fui adaptando a ese cambio. Y fui adquiriendo habilidades que me ponían un paso delante de los otros. Llegue a ser una especie de “niño mimado” en el equipo. La única que no estaba feliz era mi mama. Y tenía razón. Lo doctores ni ella aprobaban que yo jugara al futbol. Por mi problema en el corazón.
Pero el problema desapareció cuando llegue a la edad de siete años. Incluso pase la revisión medica del club a los quince, cuando me pasaron a cancha de once. Parecía que el problema se había perdido en la nebulosa del tiempo. Creo recordar que hasta los 9 años me sentía mal cuando hacia gimnasia en el colegio. Pero no me impedía correr ni respirar.
Cuando empecé a practicar en cancha grande las cosas empezaron a cambiar. Ya tenía quince años. Y empezaba a practicar con las reservas. Era todo mas duro. Levantarse temprano. Correr mucho más. Jugadores totalmente diferentes. Era un entrenamiento profesional. Era lo mejor. ¿Que mas podía pedir? Futbol casi todos los días de la semana, y los fin de de semanas el torneo. Y cuando el equipo profesional jugaba, nos llevaban de alcanza pelotas. A mi, me encantaba. Porque podía ver el partido desde adentro, no pagaba entrada, y veía la hinchada y me moría de felicidad. Cuando llegaba a mi casa y me dormía soñaba con algún día poder estar defendiendo la gloriosa roja y blanca. Lo mejor, era que no faltaba mucho para eso. Cuando cumplí dieciocho comencé a entrenar con el plantel de primera. Hasta ahí ya estaba hecho. Estaba realizando mi sueño.
Mi equipo estaba en la segunda categoría. Yo siempre de pibe iba  a la cancha con mi viejo. Y nunca tuve la suerte de verlo campeón. En mi humilde opinión, el ser de un “equipo chico” te hace más hincha y más apasionado que si fueras de River o de Boca. Porque uno al ver a esos equipos, que viajan en primera clase, que los jugadores cobran toda la guita, y que llegan a la final de copas internacionales etc., para mi no es pasión. Creo que esos hinchas la pasión la vivieron hace mucho y que ya no es lo mismo.


El hincha de un club chico, sueña con el ascenso. Ve que los jugadores no cobran ni dos pesos, que viajan como monos, y que se matan en la cancha. Dejan todo en cada pelota. Que refleja lo que el hincha quiere. Eso es pasión, amor. Y de a poco esa enfermedad fue creciendo dentro de mí. Ese amor. Yo no quería ver a mi equipo firmando contratos millonarios. Yo solo lo quería ver en primera, jugando contra los “equipos grandes”. A la hinchada copando esos estadios.
Gracias a dios, tuve la suerte de vivir eso, ese sueño, desde adentro. Desde el verde campo de sueños. En una campaña inolvidable, mi equipo llego a final de campeonato a punto de la soñada gloria. Teníamos que ganar si o si. Preferentemente, hubiera estado del otro lado, en la tribuna. Pero me toco vivirlo así. Antes de pasar al relato de esa trágica tarde de sábado, vamos a volver unas semanas atrás. Tres para ser exacto. Tres semanas antes de ese día, el arquero titular se lesiono. Ahí fue cuando yo entre en acción. En el primer partido que me toco defender el arco, fui figura. Lo mismo en el segundo. Pero quiso el destino, que en la última fecha, nos tocara contra los muchachos de allá. Nuestro clásico. Ese día por la mañana, el sábado comenzó a pleno. En la concentración los hinchas hicieron banderaso y corearon mi nombre. Yo no podía parar de llorar. Y les gritaba que gracias y que los vamos a sacar campeones.
El DT me decía que me calme. Entre risas y abrazos.
A las 3 cuando salimos a reconocer el campo y a calentar, veía como de a poco la tribuna se llenaba. Desde la platea escuche el grito de una voz conocida. Era mi viejo. Que me decía que estuviera tranquilo y que deje todo como lo venia haciendo. Que era un partido difícil pero que podíamos ganar. El tiempo termino. Nos dirigimos al vestuario. Bajo una cálida y hermosa cortina de aplausos. Cuando nos cambiamos y recibimos la charla técnica salimos al campo. Nunca pensé que desde  adentro se viera tan hermoso. Las veinte mil personas gritando, saltando el armagedon de papelitos, las banderas sacudidas al viento del destino y el grito de la hinchada que te va envolviendo. Desde que levante de la cabeza y vi a la gente no pare de llorar. Era algo hermoso, único, inigualable. Amor en estado puro. Mi enfermo corazón latiendo al ritmo de los bombos. Durante unos segundos mis sentidos se agudizaron. Sentí los comentarios de la radio, las voces de los ancianos en la platea, a los técnicos de ambos equipos. Las persignaciones de los hinchas. Hasta que sonó el silbato del árbitro.
El mundo se había reducido a eso. El partido, la pasión, las ganas de dar la vuelta olímpica que nos dejara en primera. Es sorprende como la vida se te escapa cuando pasan cosas grandes y épicas. El primer tiempo paso volando casi ni lo puedo recordar.
El partido estaba empatado en cero. Se ponía, se jugaba al nivel de lo que representaba. Un clásico definiendo un campeonato. En un corner para ellos, recibí un pelotazo que me acondicionaría. El nueve de ellos le dio una volea a la pelota que se desarmo en mi pecho. Sentí como mi corazón empezó a fallar. En ese momento entendí a mi madre y a su miedo. Sentía como cada pelota que atajaba me desvanecía de a poco.
A eso de los treinta y cinco minutos, gol nuestro. Pude sentir como la cancha se sacudía, como la hinchada se venia abajo, me colgué de alambre y grite de cara a la cancha. Como lo hacia la gente de la tribuna. Las lágrimas, me corrían por la cara. Veía también como la de los hinchas hacían lo mismo. Lloraba descontrolado, abrazaba a los defensores, cantaba con la hinchada. Me estaba muriendo feliz.
En lo que concierne al futbol, ellos se venían cono todo. Teníamos que resistir. Seguro que todo los que les gusta el futbol lo notaron. Cuando vas ganando, el tiempo es de plomo y no corre. Se Vivían los cuarenta y tantos del segundo tiempo. Yo sabia, pero en ese momento no era mi prioridad. Yo no podía fallarles a todos ellos. Habían llenado la cancha. Venían a vernos campeones. Y era el, su nueve, y yo. La gloria o el fracaso. No le permitiría que nos arruine todo el trabajo. Aunque tuviera que dar la vida.

Mano a mano. El delantero se vino con toda. Llegue a tiempo para trabarlo. Pero en el momento que remato, lo hizo con tanta violencia que me arranco la vida. Sentí el balón, la pierna, los tapones, todo en mi pecho. Desde ese momento en adelante, sentí y pude contar 4 latidos de mi corazón agonizante. La pelota queda larga, el tenia la ventaja ya que estaba de pie. En el primer latido, me levante del piso. En el segundo, corrí hacia la pelota. En el tercero, levante la cabeza por un segundo, entonces observe a nuestra hinchada. Paralizada. Expectante. Esperando que pase un milagro. En el cuarto, sentí la pelota en la punta de mis guantes, y pude verla como se marchaba lenta por el fondo de la cancha. En el quinto y último latido. Escuche los gritos de felicidad, de campeones. Escuche el silbato final del árbitro. La explosión de la tribuna, vi a mis compañeros acercarse. Volví a ver a mi padre levantándome del piso. Como aquella noche. Y mi corazón se detuvo.

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