Recuerdo a mi madre
entrando y pateando la puerta. Recuerdo como el panorama de mi habitación se
nublaba y sacudía. A mi padre levantándome del piso. Luego los recuerdos
concluyen. En el momento en que abrí los ojos. Lo único que no recordé bien fue
porque termine en el hospital ese día. No creo que mi problema fuera en la
cabeza. De hecho, no recuerdo bien ese día por el golpe contra el piso. Pero
definitiva mente mi problema no era la cabeza. Mi problema lo tenía en un sitio
más vital. En el corazón. Pero dejando de lado mi enfermedad, el problema era
otro. También en el corazón. Era un amor raro que yo sentía.
Era un septiembre,
un hermoso día. Cuando jugando a la pelota con amigos tuve una oportunidad
única. En un partido contra un equipo de otro barrio, ataje todo. Un tipo de
esos que se paran a ver los partidos, me vio. Me llamo ni bien termino el
encuentro.
Me dijo que era
amigo de un miembro de la comisión directiva de un club y que andaban buscando
un arquero joven. Que quería hablar con mi viejo para ver si me podían probar.
Para hacerlo mejor era el club del cual yo era hincha. Mi viejo no dudo.
Yo tenía unos doce
años. Arranque en infantiles. Imagínense: doce años, jugando en el club del que
era hincha y tanto amaba, que me lleven porque creían que era bueno. Es el
sueño de todo pibe. A esa edad, y con todo eso, el mundo te llega a quedar muy
chico. Fui a la prueba. Y me costo mucho. Yo era un pibe de atajar en la calle
de tierra. Con los vidrios, las piedras y todo eso. no estaba acostumbrado a
jugar en una cancha de verdad. Y mucho menos en un arco de verdad, que no era
de dos ladrillos. Me costo una locura. Pero de a poco me fui adaptando a ese
cambio. Y fui adquiriendo habilidades que me ponían un paso delante de los
otros. Llegue a ser una especie de “niño mimado” en el equipo. La única que no
estaba feliz era mi mama. Y tenía razón. Lo doctores ni ella aprobaban que yo
jugara al futbol. Por mi problema en el corazón.
Pero el problema
desapareció cuando llegue a la edad de siete años. Incluso pase la revisión
medica del club a los quince, cuando me pasaron a cancha de once. Parecía que
el problema se había perdido en la nebulosa del tiempo. Creo recordar que hasta
los 9 años me sentía mal cuando hacia gimnasia en el colegio. Pero no me
impedía correr ni respirar.
Cuando empecé a
practicar en cancha grande las cosas empezaron a cambiar. Ya tenía quince años.
Y empezaba a practicar con las reservas. Era todo mas duro. Levantarse
temprano. Correr mucho más. Jugadores totalmente diferentes. Era un
entrenamiento profesional. Era lo mejor. ¿Que mas podía pedir? Futbol casi
todos los días de la semana, y los fin de de semanas el torneo. Y cuando el
equipo profesional jugaba, nos llevaban de alcanza pelotas. A mi, me encantaba.
Porque podía ver el partido desde adentro, no pagaba entrada, y veía la
hinchada y me moría de felicidad. Cuando llegaba a mi casa y me dormía soñaba
con algún día poder estar defendiendo la gloriosa roja y blanca. Lo mejor, era
que no faltaba mucho para eso. Cuando cumplí dieciocho comencé a entrenar con
el plantel de primera. Hasta ahí ya estaba hecho. Estaba realizando mi sueño.
Mi equipo estaba en
la segunda categoría. Yo siempre de pibe iba
a la cancha con mi viejo. Y nunca tuve la suerte de verlo campeón. En mi
humilde opinión, el ser de un “equipo chico” te hace más hincha y más
apasionado que si fueras de River o de Boca. Porque uno al ver a esos equipos,
que viajan en primera clase, que los jugadores cobran toda la guita, y que
llegan a la final de copas internacionales etc., para mi no es pasión. Creo que
esos hinchas la pasión la vivieron hace mucho y que ya no es lo mismo.
El hincha de un club
chico, sueña con el ascenso. Ve que los jugadores no cobran ni dos pesos, que
viajan como monos, y que se matan en la cancha. Dejan todo en cada pelota. Que refleja
lo que el hincha quiere. Eso es pasión, amor. Y de a poco esa enfermedad fue
creciendo dentro de mí. Ese amor. Yo no quería ver a mi equipo firmando
contratos millonarios. Yo solo lo quería ver en primera, jugando contra los
“equipos grandes”. A la hinchada copando esos estadios.
Gracias a dios, tuve
la suerte de vivir eso, ese sueño, desde adentro. Desde el verde campo de
sueños. En una campaña inolvidable, mi equipo llego a final de campeonato a punto
de la soñada gloria. Teníamos que ganar si o si. Preferentemente, hubiera
estado del otro lado, en la tribuna. Pero me toco vivirlo así. Antes de pasar
al relato de esa trágica tarde de sábado, vamos a volver unas semanas atrás.
Tres para ser exacto. Tres semanas antes de ese día, el arquero titular se
lesiono. Ahí fue cuando yo entre en acción. En el primer partido que me toco
defender el arco, fui figura. Lo mismo en el segundo. Pero quiso el destino,
que en la última fecha, nos tocara contra los muchachos de allá. Nuestro
clásico. Ese día por la mañana, el sábado comenzó a pleno. En la concentración
los hinchas hicieron banderaso y corearon mi nombre. Yo no podía parar de
llorar. Y les gritaba que gracias y que los vamos a sacar campeones.
El DT me decía que
me calme. Entre risas y abrazos.
A las 3 cuando
salimos a reconocer el campo y a calentar, veía como de a poco la tribuna se
llenaba. Desde la platea escuche el grito de una voz conocida. Era mi viejo.
Que me decía que estuviera tranquilo y que deje todo como lo venia haciendo.
Que era un partido difícil pero que podíamos ganar. El tiempo termino. Nos
dirigimos al vestuario. Bajo una cálida y hermosa cortina de aplausos. Cuando
nos cambiamos y recibimos la charla técnica salimos al campo. Nunca pensé que
desde adentro se viera tan hermoso. Las
veinte mil personas gritando, saltando el armagedon de papelitos, las banderas
sacudidas al viento del destino y el grito de la hinchada que te va
envolviendo. Desde que levante de la cabeza y vi a la gente no pare de llorar.
Era algo hermoso, único, inigualable. Amor en estado puro. Mi enfermo corazón
latiendo al ritmo de los bombos. Durante unos segundos mis sentidos se
agudizaron. Sentí los comentarios de la radio, las voces de los ancianos en la
platea, a los técnicos de ambos equipos. Las persignaciones de los hinchas.
Hasta que sonó el silbato del árbitro.
El mundo se había
reducido a eso. El partido, la pasión, las ganas de dar la vuelta olímpica que
nos dejara en primera. Es sorprende como la vida se te escapa cuando pasan
cosas grandes y épicas. El primer tiempo paso volando casi ni lo puedo
recordar.
El partido estaba
empatado en cero. Se ponía, se jugaba al nivel de lo que representaba. Un clásico
definiendo un campeonato. En un corner para ellos, recibí un pelotazo que me
acondicionaría. El nueve de ellos le dio una volea a la pelota que se desarmo
en mi pecho. Sentí como mi corazón empezó a fallar. En ese momento entendí a mi
madre y a su miedo. Sentía como cada pelota que atajaba me desvanecía de a poco.
A eso de los treinta
y cinco minutos, gol nuestro. Pude sentir como la cancha se sacudía, como la
hinchada se venia abajo, me colgué de alambre y grite de cara a la cancha. Como
lo hacia la gente de la tribuna. Las lágrimas, me corrían por la cara. Veía
también como la de los hinchas hacían lo mismo. Lloraba descontrolado, abrazaba
a los defensores, cantaba con la hinchada. Me estaba muriendo feliz.
En lo que concierne
al futbol, ellos se venían cono todo. Teníamos que resistir. Seguro que todo
los que les gusta el futbol lo notaron. Cuando vas ganando, el tiempo es de
plomo y no corre. Se Vivían los cuarenta y tantos del segundo tiempo. Yo sabia,
pero en ese momento no era mi prioridad. Yo no podía fallarles a todos ellos.
Habían llenado la cancha. Venían a vernos campeones. Y era el, su nueve, y yo.
La gloria o el fracaso. No le permitiría que nos arruine todo el trabajo.
Aunque tuviera que dar la vida.
Mano a mano. El delantero se vino con toda. Llegue a tiempo para trabarlo. Pero en el momento que remato, lo hizo con tanta violencia que me arranco la vida. Sentí el balón, la pierna, los tapones, todo en mi pecho. Desde ese momento en adelante, sentí y pude contar 4 latidos de mi corazón agonizante. La pelota queda larga, el tenia la ventaja ya que estaba de pie. En el primer latido, me levante del piso. En el segundo, corrí hacia la pelota. En el tercero, levante la cabeza por un segundo, entonces observe a nuestra hinchada. Paralizada. Expectante. Esperando que pase un milagro. En el cuarto, sentí la pelota en la punta de mis guantes, y pude verla como se marchaba lenta por el fondo de la cancha. En el quinto y último latido. Escuche los gritos de felicidad, de campeones. Escuche el silbato final del árbitro. La explosión de la tribuna, vi a mis compañeros acercarse. Volví a ver a mi padre levantándome del piso. Como aquella noche. Y mi corazón se detuvo.
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