viernes, 24 de mayo de 2013

Para siempre, mi casa.


A mi casa siempre la reconocí por sus colores. Las paredes bajas blancas, con las rejas también bajas rojas. Toda mi infancia y parte de mi adolescencia fue así. Podría decir que toda mi vida fue así.  Cuando tenía diez años, u once no me acuerdo bien, empecé a venir solo del colegio. Era toda una odisea. Caminar y poner en prueba la memoria para poder recordar ese camino que había hecho desde los seis años. Cada esquina era una parada clave para llegar a destino. Lo mejor era cuando el asfalto se marchaba del recorrido. Porque eso era señal  de que estaba cerca de casa. Justo en el génesis de la calle de tierra y cascote estaba la virgencita. De ahí, ya solo era caminar una cuadra y girar a la izquierda. Y podía ver por fin, las paredes blancas con las rejas rojas bajitas. Por eso, el día que mis viejos decidieron cambiarla, con ella se fue una parte de mi infancia y adolescencia.

Ahora, ¿Qué tiene que ver esto con lo que estoy pensando? ¿A dónde quiero llegar hablando de unos simples pedazos de hierro? Y es simple. Hay cosas que a uno le quedan grabadas. Cosas que en su momento no noto, por el hecho de ser tan simple y común, como la rejita roja de mi casa. Pero esas cosas simples, en un cierto entorno en el tiempo justo, son sencillamente mágicas. Así como cuando saltaba la reja para salir a jugar a la pelota en la calle. En este otro lugar, había paredes blancas y rejas rojas. Pero a diferencia de mi casa, estas eran altas, y puede ser por eso que nunca pude jugar a la pelota ahí, no podía saltar las rejas enormes que rodeaban el campo de juego. Y es ahora en este junio del 2013 que mi casa vuelve a cambiar de aspecto. De hecho algo peor que cambiar de aspecto. Se muda.  Esa palabra que tantos niños odia. Significa empezar de nuevo, amigos, escuela, todo.

Si bien, la primera vez que la pise, debiera andar por los seis o siete años, ahora soy mayor y puedo ver las cosas de otra forma. Porque no solo yo, todos, estamos en el epilogo de algo que empezó cuando éramos niños. El epílogo de una parte importante de nuestras vidas. Algo que sin dudas vamos a extrañar todos los días hasta el final de los mismos.  La belleza se esconde en los detalles menos importantes. Menos importantes para todos los ajenos.

La casa de uno es sin dudas el recuerdo que va tener toda su vida. Recuerdo de sus padres, de sus abuelos, hermanos, amigos etc. Y eso es un detalle marcado a fuego en el corazón. Porque nuestro padre, con nuestro abuelo y la cadena continua hasta este punto. Aquí se corta hasta un nuevo eslabón. Que es un nuevo cero, un nuevo comienzo. Mi abuelo, mi viejo y yo. Hasta ahí nomas.  Porque cuando tenga un hijo, el no va a poder ver esta casa. Va a crecer en una mejor. Pero para ese futuro, todavía falta mucho.

Y es el mejor recuerdo, porque es el potenciador de todos tus otros recuerdos. Ya que en esta casa vivimos de todo. Alegrías, tristezas, violencia, descensos, ascensos y campeonatos. Ídolos, verdugos, personajes raros, dirigentes y ladrones. No hace falta agregar a esta lista, las palabras amistades y amor. Porque es redundante. Sobre todo el tema del amor. Ese amor que nos tiene en desvelo, ansiosos y siempre llenos de esperanza. Porque desde el día que nuestro viejo nos trajo a esta casa, quedamos condenados para toda la eternidad, a un amor sin precedentes. Un amor fiel, y el más puro de todos. A cada uno de los miles y miles que somos.

Ahora m explico más o menos mejor, con todo eso de las rejas rojas y la paredes blancas. Uno se aferra a eso. A eso que lo identifica por sobre todo lo demás. Ese lugar del que algunas veces se fue insultando. Otras se fue siendo el hombre más feliz del mundo.

Y empiezo a pensar, que la dura situación que atravesamos ahora, no esta tan mal. Porque así y pese a todo, volvemos a demostrar lo grande que somos. Y lo mucho que nos importa y amamos esto. Y que cada uno haya dejado su pedazo de historia en los escalones de nuestra casa. Y cada héroe haya dejado su pedazo de gloria. Y la vida entera que vamos a dejar ahí. Con la promesa y la ilusión de crecer mucho mas y que las nuevas generaciones vivan muchos más momentos de felicidad que la que tuvimos acá.
Y no puedo imaginarme como será. Aunque sé que las lágrimas no van a faltar y los nudos en las gargantas. Cuando me vea entrando, sabiendo que va ser la última vez que entre. Y cuando me vaya, sabiendo que no voy a volver jamás. Mi casa ya no tiene sus paredes blancas y rejas rojas. Así como tampoco están mis abuelos escuchando la radio. Como tampoco ya vuelvo del colegio a las cinco de la tarde.  Y ya de grande, si llegaba temprano al Dorrego, me quedaba sentado en la popular. Eso tampoco.

Cuando pase por la esquina de Brown y La Roche voy a sentir un enorme dolor. Una angustia profunda. Voy a saber que ahí, para siempre ahí, por todos los goles, los campeonatos, los ascensos y descensos, por cada amor, por cada amistad, por todas las alegrías y las tristezas. Voy a saber que ahí estuvo mi casa. 


Para siempre nuestra casa! Hasta siempre Urbano!



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